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La fobia social se caracteriza por la presencia de ansiedad clínicamente significativa como respuesta a ciertas situaciones sociales o actuaciones en público del propio individuo, lo que suele dar lugar a evitarlas. El individuo siente un profundo temor a que una situación social resulte embarazosa o a ofender, por ello produce siempre una respuesta de ansiedad descrita por los que lo padecen como excesiva e irracional. El individuo, o bien evita estas situaciones radicalmente, o bien las asume con sumo terror.
Se diagnosticará la fobia social solo en los casos en que el comportamiento de evitación o el sentimiento de temor interfiera en la rutina diaria del individuo, sus relaciones laborales y su vida social.
En el caso de los niños, la fobia social toma formas de lloros, tartamudez, parálisis, abrazos o aferramiento a familiares cercanos y abstención de mantener relaciones con los demás hasta el punto de llegar al mutismo.
Son sujetos hipersusceptibles a la crítica, a la valoración negativa por parte de los demás y al rechazo. Tienen dificultad para autoafirmarse, baja autoestima y sentimientos de inferioridad. Temen las evaluaciones indirectas como los exámenes. Muestran signos de ansiedad como las manos frías, temblores, rubor, voz vacilante, ... Suelen obtener malos resultados en la escuela debido al miedo en los exámenes y la evitación de participar. Acostumbran a tener un escaso apoyo social y tienen menos probabilidades de casarse. Pueden permanecer toda su vida con sus padres llegando a no tener nunca un amigo. Pueden tener ideas suicidas.
Puede que venga con nosotros como una forma de ser, pero habitualmente es consecuencia de trastornos del estado de ánimo, consumo de drogas o bulimias nerviosas.
La fobia social es más frecuente en mujeres, aunque también afecta a hombres. Su incidencia poblacional oscila entre el 3 y el 13%. Los parientes de primer grado de individuos con esta fobia parecen tener más probabilidades de sufrir el trastorno.