El trastorno de identidad disociativo, anteriormente conocido como Trastorno de personalidad múltiple, se caracteriza por presentar dos o más estados de la personalidad que son bien definidos en un mismo individuo.
El tener más “personalidades”, implica una discontinuidad importante en el sentido del yo de la persona, ya que en la medida que una de las personalidades se encuentra presente, se altera la memoria y la percepción de las otras, por lo que muchas veces no se recuerda lo que se hizo en esos momentos o incluso lo que se pensó o sintió e incluso la forma de vivir los afectos puede ser distinta en cada una de ellas.
Cabe mencionar que es un trastorno grave y crónico, que muchas veces se inicia en la infancia y se relaciona con experiencias traumáticas por lo que es común que exista comorbilidad con trastornos como el TEPT (Trastorno de Estrés Postraumático) y/o la depresión. Otros trastornos con lo que se podría presentar comorbilidad son los Trastornos de personalidad o por abuso de sustancias.
En la mayor parte de los casos de personas que presentan con un trastorno de identidad disociativo, existe la presencia de situaciones traumáticas en su infancia como lo es el abuso sexual, abuso físico, abuso emocional, abandono y/o negligencia.
A raíz de esas situaciones, los niños utilizan un mecanismo de defensa llamado disociación para protegerse, esto porque su sistema psíquico no puede hacerse cargo de toda la carga emocional que esa situación le provoca, por ello, sus mentes “se van” de la situación que están viviendo físicamente y se genera una ruptura entre lo cognitivo (lo que vive, lo que se recuerda) y las emociones. Este trastorno es la manifestación más grave de este mecanismo defensivo cuando ya se ha cronificado y no ha tenido el soporte emocional necesario desde los adultos que le rodean.
Es por ello que la teoría indica que la causa del trastorno podría estar justamente en estas experiencias que son traumáticas y crónicas y muchas veces ejercidas además por personas cercanas e importantes, típicamente las figuras de apego. En los casos que no se han evidenciado abusos de este estilo, sí se han presentado otras situaciones traumáticas como enfermedades graves u otras situaciones altamente estresantes para los niños.
Por lo anterior, este trastorno no tendría una base hereditaria o genética, sino más bien es una forma de las personas de protegerse frente al alto nivel de angustia que generan las situaciones traumáticas vividas en la infancia.
En este punto cabe señalar que, si existe la presencia de un entorno que proteja al niño y le de contención a sus emociones frente a un evento traumático, las posibilidades de presentar este trastorno disminuyen de manera importante, es por ello que no todos aquellos que sufren traumas presentan este trastorno, pero sí el 90% de quienes lo padecen han tenido situaciones traumáticas graves en su infancia.
Otras teorías, indican que existiría un fallo en el sistema nervioso central para integrar de manera efectiva las experiencias traumáticas y sus emociones, resultando un proceso de memoria anormal. De esta forma, las personas “dividirían” sus áreas mentales, de memoria y emocionales dando paso a las distintas personalidades.
Respecto a los tratamientos farmacológicos, no existe un fármaco específico para el TID, pero sí se utilizan para manejar otros síntomas como la angustia o la ansiedad.
En estos casos, la mayor recomendación es la psicoterapia en donde se intentará que la persona integre esas experiencias traumáticas en su historia de vida sin la necesidad de separarse en otras personalidades para defenderse del dolor que esto le provoca.
Algunos tipos de psicoterapia que se utilizan son Tratamiento lineal propuesto por la ISSTD (International Society for the Study of Trauma and Dissociation) o el Tratamiento integrador propuesto por Batres.
Las investigaciones señalan que las psicoterapias deberían tener tres fases:
El pronóstico de este trastorno en las personan que lo padecen no es para todos por igual, va a depender de una serie de factores tanto individuales como familiares y sociales. Además, también dependerá de la cronicidad y/o la severidad del trastorno.
Otro punto que será importante a la hora de considerar el pronóstico es el nivel de comorbilidad con otros trastornos que se puedan presentar. Por ejemplo, el abuso de sustancias o algunos trastornos de personalidad pudieran disminuir la eficacia de los tratamientos si también se suman factores sociales y familiares de riesgo como lo es el mantenimiento de algunas situaciones abusivas, la minimización de sus emociones, entre otros.
En estos casos es central que la persona cuente con un apoyo externo que le ayude en la integración de sus emociones y pueda contenerlo.
Según lo referido en estudios, se podría alcanzar al 1.5% de la población global.
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